La gente se va al baño con una novela y le da tiempo de leerse varias páginas, a algunos, capítulos enteros. Yo envidiaba ese momento de relax que parecen disfrutar los que se encaminan hacia el baño con un libro bajo el brazo y una sonrisa en la cara, conscientes de lo que les espera. Como soy una copiota, desde muy temprano adquirí el noble hábito de ir al baño con un librito, pero pronto me di cuenta de que no me daba tiempo ni de acabar la primera hoja (tampoco le veía mucho sentido a quedarme ahi con el culo al aire para seguir leyendo con lo agusto que se está en un sillón calentito y de paso no tientas a la suerte con las almorranas). Así que al final mi criterio de selección de libros para llevar al baño, empezó a refinarse y desarrollé una habilidad especial para descubrir de un vistazo, libros de relatos cortos (muy cortos) y libros de poesía corta (muy corta). Al final como visito tantas veces al día el baño, me he convertido en una gran lectora de poesía y creo que de ahí viene mi amor por las palabras, por las palabras concretas y sugerentes, que me dejan un rato pensativa después de cagar.
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